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Mostrando entradas con la etiqueta Arturo Barea. Mostrar todas las entradas
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El Hotel Florida, en la Plaza del Callao, ofrecía las mejores vistas de todo Madrid. Vistas al Cerro Garabitas, en la Casa de Campo… donde los franquistas tenían las baterías que diariamente bombardeaban la capital.

Esto, en sí, no es malo. Un entretenimiento más, dirían algunos.

El problema es que estaba en la línea de tiro, justo entre el mencionado cerro y el Edificio de la Telefónica (que era el objetivo de los bombardeos) por lo que fue alcanzado con cierta regularidad.

Hasta 30 bombas hicieron impacto a lo largo de la guerra.

No es de extrañar que las habitaciones orientadas hacia la Casa Campo tuvieran poca demanda (solo para huéspedes con nervios de acero). Sin embargo, lo de que costara dormir no fue problema alguno para la popularidad del hotel. De hecho, era el hotel de los periodistas. En el se hospedaron Hemingway, John Dos Passos, Robert Capa y Arturo Barea entre otros.


El edificio ya no está. Lo derribaron para construir lo que fue Galerías Preciados (hoy Corte Ingles). ¡Bendito consumismo! Así que la próxima vez que estés probándote pantalones en la planta 5, piensa que tal vez ahí se sentaba Hemingway a escribir. Y mira antes de salir de los probadores, no vaya caer otra bomba.
Este era el nombre que, con cierta sorna, los madrileños daban a la Gran Vía (oficialmente rebautizada como Avenida de la Unión Soviética) por la gran cantidad de bombas que en ella caían. También se la llamo Avenida del 15 y Medio, por ser de este calibre dichos obuses.

Las baterías nacionales trataban de hacer blanco desde el Cerro Garabitas en la Casa Campo, y el objetivo era el Edificio de la Telefónica, cuyas plantas superiores se utilizaban como puesto de observación para la artillería republicana. En las inferiores se encontraba la oficina de prensa, y los sótanos albergaban a un gran número de desplazados sin techo.



Los bombardeos empezaban con el Lechero, que era el primer obús de la mañana y concentraban el fuego en las horas en que la Gran Vía estaba más concurrida, a la entrada o salida de los cines.

Lejos de amilanarse, los madrileños se fueron acostumbrando y algunos veían esto como un espectáculo. De hecho, los había que venían de los barrios extremos, se refugiaban en el lado sur, que se consideraba más seguro, y esperaban llevarse algún trozo de metralla, aún caliente, como recuerdo.

Arturo Barea, tabajaba en el Edificio de la Telefónica, y se alojaba en el otro lado de la calle (un obus destrozó su habitación), por lo que es testigo de aquellos hechos, que son narrados de forma excepcional en La Forja de un Rebelde (La Llama).

Si no lo habéis leído, no perdáis más tiempo en este blog y corred a la librería a comprar un ejemplar. Lo primero es lo primero.